Cuando el sol llega al mediodía y los rayos se cuelan por entre las grietas que se forman de los abrazos de las hojas; en el momento justo en que las palomas cortan con su vuelo las luces mientras sobrevuelan las hamacas del centro de la plaza; en ese instante en que la naturaleza nos deleita con esa imagen artística, es cuando llega la hora de su descanso.
El Doctor parte con todas las teorías de sus estudios en busca de una botella de agua mineral finamente gasificada, y unas empanadas de verdura. Deja por una media hora el consultorio en donde cuelgan, en las prolijas paredes, toda la materialización de sus estudios.
Fiel a su rutina se suma al cuadro artístico, posa sus glúteos en un banco ubicado a la orilla del arenero.
Los niños corren felices. Felices por falta de problemas, por falta de preocupación en los problemas o simplemente porque faltó algún profesor y los dejaron salir temprano de la escuela. Los nenes corren sumándose a la escena. Sus labios regalan sonrisas más luminosas que el mismo sol.
A pesar del alborto que ocasionan, al Doctor no lo inquietan. Por el contrario lo llenan de alegría, de mundo. Siente estar vivo. Hay algo más allá de las cuatro paredes que lo rodearon durante toda su mañana.
Con su cara larga, flaca, gris, con su piel resquebrajada y con su traje marrón gastado, donde esconde el diario del día, disfruta sus empanadas. Risas, pasamanos, vendedores ambulantes y algodones de azúcar envuelven su descanso.
El Doctor observa el columpio que impulsan sin dejar escapar. Con su mirada recorre punta a punta el pasamanos, calcula los kilos de fuerzas que se devora. Curiosea a la infancia; detiene su mirar en un niño, en una niña, en una hamaca. Los tres confundidos en una imagen, en una gran imagen.
Piensa. Piensa en la comunión que se produce, en lo que esconde ese subir y bajar, en los altibajos que alguna vez sufrió, en el mareo. Piensa, y se pregunta:
-¿Dónde quedó todo aquello?
El niño, la niña; la niña, el niño; se pelean, se retuercen, se presumen. Sus manos fundidas por lo pegajoso del algodón de azúcar que compartieron, sus rodillas empolvadas, sus remeras escolares manchadas por el helado que se les derramó. Helado que de sus bocas mutuamente se robaron.
Los dos chicos muestran toda su vanidad, su soberbia; y tan sólo para poder esconder por un par de años más su amor, hasta que la edad les permita confesárselo.
El reloj central marca las 12:25; la bomba de oxigeno se le agota y el hombre aún no desenfundó su diario. Él no se altera, quizá no se da cuenta, o simplemente no le importa y se da una licencia. Allí está saboreando en su imaginación las manzanas acarameladas, las cometas en el parque, los triciclos, los turrones. Saborea, y se pregunta:
-¿Por qué esos silencios...quién se llevó nuestras palabras?-
Los padres se acercan a sus chiquillos, se saludan entre sí, intercambian opiniones del clima y de la escuela. Los niños, mientras, tiran desde lo bajo las camisas y vestidos de sus mayores exigiendo la partida, no sin antes concretar un encuentro en la misma plaza para la tarde del otro día. Un encuentro donde tal vez se esconde un eventual novio, una eventual novia.
El arte se tiñe de blanco y negro. El columpio es empujado por el viento, el pasamanos escasea de deditos, la hamaca emite un triste sonido donde subyace su sed de aceite.
Son las 12:50; el reloj no da tregua pero el Doctor esta flotando en sus recuerdos, sin conciencia para tener eso en cuenta.
Se para, camina hacia el centro del arenero. Va sacando un paquete de cigarrillos, toma uno. Lo enciende. Fuma sin tragar el humo. Nuevamente posa sus glúteos, pero esta vez en la hamaca. Sus rodillas unidas bajo el cruce de brazos, los que le hacen de mesa para apoyar su mentón. Su cara arrugada como la de un cachorro suelta una lagrima que atesora nostalgia. Fuma, traga y se pregunta:
-¿Será tal vez porque no volví la tarde siguiente?-
Todo se va volcando en el bastidor. De a pinceladas se va grabando. El blanco y el negro se entremezclan, surgen los grises. Una lagrima; el tono justo. Unas pinceladas más para estar eternizado, y al final mi firma.La plaza, ahora en soledad. Todo el mundo se fue, pero el hombre, la hamaca, el llanto; todos en uno quedaron. Los tres confundidos en uno, en un cuadro.
domingo, 22 de julio de 2007
martes, 17 de julio de 2007
Señor juez, no voy más al dentista
No voy más al dentista. Ni mis dientes, ni yo.
Hoy fui al consultorio.
-Buenas, ¿cómo anda?-
-¡HOLA! ¡Que grande que estás!- “Que grande que estas”, expresó a pesar de haberme cruzado en la calle hace menos de dos meses, que en términos de ver al dentista es muy frecuente.
Charlamos durante un tiempo. Me hizo sentir cómodo, pero todo era demasiado bueno, y me tuvo que mandar a sentar en su robótica silla.
Su operatoria y mi odio, comenzaron a manifestarse con una doble ración de anestesia. Una dosis tópica, y otra por vía de inyección. Allí fue cuando se despertaron mis sospechas, las que al poco tiempo quedaron sonambuleando junto a mis sentidos. Como para que no se diera la situación de tal manera con tanta droga a la que me expuso.
Toda la morbosa función duró una hora y media, si es que mis cálculos no fueron afectados. Luego tenía el temor a flor de piel. Sólo me animé a arriesgar las palabras justas, como para poder pagarle por su supuesto servicio.
Ahora estoy frente al espejo del antebaño y sonrío en busca de algún cambio. Lo único que encuentro es la cara de la ingenuidad, de la inocencia. La cara de un hombre abusado. Entonces pienso, pienso y recuerdo. Recuerdo lo poco que pude percibir. De pronto se esclarece todo: Me violaron; me violaron la dentadura unas manos enfundadas, propiedad de un cuerpo femenino escudado en delantal y barbijo.
Lo peor de todo, mis dientes hoy sufren bruxismo por la rabia, desde que saben que fue sin amor.
Hoy fui al consultorio.
-Buenas, ¿cómo anda?-
-¡HOLA! ¡Que grande que estás!- “Que grande que estas”, expresó a pesar de haberme cruzado en la calle hace menos de dos meses, que en términos de ver al dentista es muy frecuente.
Charlamos durante un tiempo. Me hizo sentir cómodo, pero todo era demasiado bueno, y me tuvo que mandar a sentar en su robótica silla.
Su operatoria y mi odio, comenzaron a manifestarse con una doble ración de anestesia. Una dosis tópica, y otra por vía de inyección. Allí fue cuando se despertaron mis sospechas, las que al poco tiempo quedaron sonambuleando junto a mis sentidos. Como para que no se diera la situación de tal manera con tanta droga a la que me expuso.
Toda la morbosa función duró una hora y media, si es que mis cálculos no fueron afectados. Luego tenía el temor a flor de piel. Sólo me animé a arriesgar las palabras justas, como para poder pagarle por su supuesto servicio.
Ahora estoy frente al espejo del antebaño y sonrío en busca de algún cambio. Lo único que encuentro es la cara de la ingenuidad, de la inocencia. La cara de un hombre abusado. Entonces pienso, pienso y recuerdo. Recuerdo lo poco que pude percibir. De pronto se esclarece todo: Me violaron; me violaron la dentadura unas manos enfundadas, propiedad de un cuerpo femenino escudado en delantal y barbijo.
Lo peor de todo, mis dientes hoy sufren bruxismo por la rabia, desde que saben que fue sin amor.
miércoles, 11 de julio de 2007
Edipo
Se la pasaban sonriéndose, peleándose, enseñándose, disfrutándose. Los dos posesionándose en distintos papeles.
A él le gustaba jugar a hacer de padre. Se disfrazaba entero con camisas, sacos, zapatos y corbatas. Siempre el mismo acto de volver del trabajo, preguntar que hay para almorzar, contar como fue su día e informarse de la casa. Toda su rutina acompañada de un beso en la mejilla de quien hacia el papel de esposa.
En cambio a ella, no le gustaba jugar mucho. Por eso solo hacia de madre tratando a su compañero de actuación como un hijo rebelde. A diario preparaba el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Por las tardes se preocupaba en revisar las tareas de su niño, para luego darle de comer y llevarlo a dormir.
Así era, se la pasaban sonriéndose, peleándose, enseñándose, disfrutándose. Disfrutándose tiernamente, por que se veían censurados por la sangre para ir más allá.
A él le gustaba jugar a hacer de padre. Se disfrazaba entero con camisas, sacos, zapatos y corbatas. Siempre el mismo acto de volver del trabajo, preguntar que hay para almorzar, contar como fue su día e informarse de la casa. Toda su rutina acompañada de un beso en la mejilla de quien hacia el papel de esposa.
En cambio a ella, no le gustaba jugar mucho. Por eso solo hacia de madre tratando a su compañero de actuación como un hijo rebelde. A diario preparaba el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Por las tardes se preocupaba en revisar las tareas de su niño, para luego darle de comer y llevarlo a dormir.
Así era, se la pasaban sonriéndose, peleándose, enseñándose, disfrutándose. Disfrutándose tiernamente, por que se veían censurados por la sangre para ir más allá.
lunes, 9 de julio de 2007
Mi verborragia
Mi papá tenia envuelto en unas sabanas a su gigante cuello, o a su gigante papada que acorralaba su pequeño cuello –la distinción visual de su fisonomía siempre me fue poco clara, y nunca me atreví a hurgar con mis manos por esas zonas, ya que de chico pensaba que los monstruos se escondían en los rincones-. Mi progenitor estaba recorriendo con sus cubiertos un jugoso bife de 7 cm de grosor y unas papas horneadas con crema.
Mi mamá mientras comía poco, hablaba mucho. Le hablaba y le hablaba a él –antes de escribir esto, es decir cuando no comprendía la verborragia de mi madre, me preguntaba si ella tenia un problema motriz en cuanto al habla por todas las palabras amontonadas que escupía-. Mi Padre solo asentía de a ratos. Ella mostrando sus gigantes dientes se reía de sus propios comentarios y los repetía constantemente esperando una respuesta por parte de él
Ese mediodía yo iba a jugar al fútbol, bah iba a quedar en un partido donde mis amigos jugarían al fútbol.
Entré a la cocina a despedir a mis padres. Mi papá como primera reacción introdujo su mano derecha en el bolsillo izquierdo del saco y sacó un billete de diez pesos, dirigiéndolos hacia mí. En ese momento mi madre cortó el recorrido del brazo, con un guisado de palabras en contra de la actitud de mi padre. Fue cuando me convertí en vocero de mi papá, sin saber bien lo que él quería, pero sabiendo lo que yo buscaba.
Mi mamá con su voz femenina bla, bla, bla, bla; yo con mi voz mutando por la adolescencia BLA, bla, BLA, bla –en realidad no existía un orden cronológico de exposición de ideas, más bien era un collage de ideas inentendibles para el otro: BlblablABLAblABLabLblBlBLbla-.
Durante la charla, o intercambio de visiones, o discusión, o pelea, o simple griterío sin sentido, me brotaron por primera vez mis genes maternos; de ahí en más se convirtió en un gen característico de mi persona la verborragia.
Todos mis músculos faciales se hallaron en pleno ejercicio, envueltos por un buen rato en una sopa de letras incomprensible para la razón de mi madre; mientras, mis oídos injerían todo la palabrería de mi mamá, y a causa de esto una otitis aguda. Lo cierto es que esa tarde quedé mareado de tantos verbos, sustantivos, verbos, verbos, circunstánciales, proposiciones, circunstanciales, sustantivos, proposiciones, sustantivos, circunstanciales. Y sin entender que había pasado me encontré tomando agua de un caño después del partido, mientras mis amigos disfrutaban una sprite helada recién comprada.
Mi mamá mientras comía poco, hablaba mucho. Le hablaba y le hablaba a él –antes de escribir esto, es decir cuando no comprendía la verborragia de mi madre, me preguntaba si ella tenia un problema motriz en cuanto al habla por todas las palabras amontonadas que escupía-. Mi Padre solo asentía de a ratos. Ella mostrando sus gigantes dientes se reía de sus propios comentarios y los repetía constantemente esperando una respuesta por parte de él
Ese mediodía yo iba a jugar al fútbol, bah iba a quedar en un partido donde mis amigos jugarían al fútbol.
Entré a la cocina a despedir a mis padres. Mi papá como primera reacción introdujo su mano derecha en el bolsillo izquierdo del saco y sacó un billete de diez pesos, dirigiéndolos hacia mí. En ese momento mi madre cortó el recorrido del brazo, con un guisado de palabras en contra de la actitud de mi padre. Fue cuando me convertí en vocero de mi papá, sin saber bien lo que él quería, pero sabiendo lo que yo buscaba.
Mi mamá con su voz femenina bla, bla, bla, bla; yo con mi voz mutando por la adolescencia BLA, bla, BLA, bla –en realidad no existía un orden cronológico de exposición de ideas, más bien era un collage de ideas inentendibles para el otro: BlblablABLAblABLabLblBlBLbla-.
Durante la charla, o intercambio de visiones, o discusión, o pelea, o simple griterío sin sentido, me brotaron por primera vez mis genes maternos; de ahí en más se convirtió en un gen característico de mi persona la verborragia.
Todos mis músculos faciales se hallaron en pleno ejercicio, envueltos por un buen rato en una sopa de letras incomprensible para la razón de mi madre; mientras, mis oídos injerían todo la palabrería de mi mamá, y a causa de esto una otitis aguda. Lo cierto es que esa tarde quedé mareado de tantos verbos, sustantivos, verbos, verbos, circunstánciales, proposiciones, circunstanciales, sustantivos, proposiciones, sustantivos, circunstanciales. Y sin entender que había pasado me encontré tomando agua de un caño después del partido, mientras mis amigos disfrutaban una sprite helada recién comprada.
Mi primer golpe
La familia entera amontonada en un falcón marrón. Era una tarde infernal de enero. Mi hermana mayor junto a mi madre en el asiento delantero de acompañantes. En la parte trasera, mis otras dos hermanas rodilla a rodilla con mi hermano, que me llevaba sobre su falda: los dos haciendo de fiambres en ese sándwich consanguíneo.
Volvíamos con diferentes regalos de la casa de mi abuela. Mis hermanas solo habían recibido unos accesorios femeninos de mis tíos. Mis padres consideraban que ya no tenían edad para recibir cosas en este tipo de festividades.
En cambio, mi hermano y yo, estábamos repletos de juguetes. Nuestros tíos y abuelos nos hacían regalos comunes. Nos dieron una pista de carreras, una casa de playmovil y un cartucho de Mario Bros para el Atari.
Nuestros padres nos hicieron sus propios obsequios. A mi hermano le dieron unos guantes de boxeo -nunca pude llegar a entender como le suministraron con motivo de reyes un instrumento que fomenta el odio-. Él estaba contentísimo, poseído por un boxeador de nombre Carlos al que la televisión siempre mostraba metido en problemas, los que no eran precisamente deportivos; golpeaba a todo lo que se movía, sin importar que era, con una impresionante rapidez.
Recuerdo que gracias a ese domingo se me cayo mi primer diente -de leche por suerte-, de la mano de mi hermano. Y así fue que me quede indefenso en el llanto, con una respiración entrecortada, sin siquiera amagar defenderme con mis nuevos lápices para pintar.
Volvíamos con diferentes regalos de la casa de mi abuela. Mis hermanas solo habían recibido unos accesorios femeninos de mis tíos. Mis padres consideraban que ya no tenían edad para recibir cosas en este tipo de festividades.
En cambio, mi hermano y yo, estábamos repletos de juguetes. Nuestros tíos y abuelos nos hacían regalos comunes. Nos dieron una pista de carreras, una casa de playmovil y un cartucho de Mario Bros para el Atari.
Nuestros padres nos hicieron sus propios obsequios. A mi hermano le dieron unos guantes de boxeo -nunca pude llegar a entender como le suministraron con motivo de reyes un instrumento que fomenta el odio-. Él estaba contentísimo, poseído por un boxeador de nombre Carlos al que la televisión siempre mostraba metido en problemas, los que no eran precisamente deportivos; golpeaba a todo lo que se movía, sin importar que era, con una impresionante rapidez.
Recuerdo que gracias a ese domingo se me cayo mi primer diente -de leche por suerte-, de la mano de mi hermano. Y así fue que me quede indefenso en el llanto, con una respiración entrecortada, sin siquiera amagar defenderme con mis nuevos lápices para pintar.
jueves, 5 de julio de 2007
Roles
Me tildo, me recupero y regalo unas palabras a la habitación:
-¿Qué estaba por decir...?-
-Si lo supiera, realmente no estaría en este lugar- me contesta ella.
Yo me arriesgo, presumiendo inteligencia:
-¿Por las posibilidades que te abriría el poder saber qué piensa una persona? o ¿por el simple hecho de saber lo que yo te diría?- Digo esto, y acompaño mis palabras con la perversa imaginación de estar en una cama con ella desnudo, por si ella posee la capacidad de leer la mente.
-Justo eso me molesta de mi madre, cree que sabe todo. Por eso BLA...BLA...BLA…- Un profundo odio toma poderosamente su ser. Mientras, mi inconsciente me traiciona y se apodera de mi sentido del habla:
-Me gustaría estar entrelazado con tus piernas, en una espaciosa cama de sabanas blancas. Ojalá tuvieras el poder de leer mi mente, así lo sabrías y yo no me sentiría mal, ya que me lo hubieras robado de la mente ¡Las cosas que podría hacerte...! No sabes hasta dónde podría llegar...-
-Doctor- Chasquea los dedos, y continua diciendo- Doctor, se acabó la hora de sesión- Interrumpe el monólogo ruborizada.
Yo me recupero de forma brusca, sin entender muy bien lo sucedido. Inmediatamente me levanto de la carnosa silla y la saludo. Y mientras ella se va junto al cartel que cuelga del lado exterior, anunciando “Psicólogo”, me dice sonriente que recuerde el slogan de la clínica.
-¿Qué estaba por decir...?-
-Si lo supiera, realmente no estaría en este lugar- me contesta ella.
Yo me arriesgo, presumiendo inteligencia:
-¿Por las posibilidades que te abriría el poder saber qué piensa una persona? o ¿por el simple hecho de saber lo que yo te diría?- Digo esto, y acompaño mis palabras con la perversa imaginación de estar en una cama con ella desnudo, por si ella posee la capacidad de leer la mente.
-Justo eso me molesta de mi madre, cree que sabe todo. Por eso BLA...BLA...BLA…- Un profundo odio toma poderosamente su ser. Mientras, mi inconsciente me traiciona y se apodera de mi sentido del habla:
-Me gustaría estar entrelazado con tus piernas, en una espaciosa cama de sabanas blancas. Ojalá tuvieras el poder de leer mi mente, así lo sabrías y yo no me sentiría mal, ya que me lo hubieras robado de la mente ¡Las cosas que podría hacerte...! No sabes hasta dónde podría llegar...-
-Doctor- Chasquea los dedos, y continua diciendo- Doctor, se acabó la hora de sesión- Interrumpe el monólogo ruborizada.
Yo me recupero de forma brusca, sin entender muy bien lo sucedido. Inmediatamente me levanto de la carnosa silla y la saludo. Y mientras ella se va junto al cartel que cuelga del lado exterior, anunciando “Psicólogo”, me dice sonriente que recuerde el slogan de la clínica.
miércoles, 4 de julio de 2007
Suelas gastadas
Las hormigas se devoran mis zapatillas. Estoy seguro.
En busca de una solución, se lo comenté ayer al jardinero de casa, pero él me recomendó visitar a un médico. El médico me mandó a un traumatólogo. El traumatólogo decidió enviarme a un colega, especialista en ortopedia. El ortopedista, a falta de solución me sugirió visitar al psicólogo. El psicólogo finalmente me derivó a psiquiatría.
Yo realmente no comprendí el fenómeno de mi calzado; luego me dieron una explicación. Según me dijeron se trata de la acción de tanto uso. Que es imposible que las hormigas me consuman las suelas de las zapatillas. Ellas no gustan de comer gomas. Pero yo, por terquedad, miedo, o inseguridad. Me reservé dudas. Por eso de ahora en adelante me pondré Raid para salir a estas calles, no vaya a ser que me dejen descalzo en medio del caliente cemento.
En busca de una solución, se lo comenté ayer al jardinero de casa, pero él me recomendó visitar a un médico. El médico me mandó a un traumatólogo. El traumatólogo decidió enviarme a un colega, especialista en ortopedia. El ortopedista, a falta de solución me sugirió visitar al psicólogo. El psicólogo finalmente me derivó a psiquiatría.
Yo realmente no comprendí el fenómeno de mi calzado; luego me dieron una explicación. Según me dijeron se trata de la acción de tanto uso. Que es imposible que las hormigas me consuman las suelas de las zapatillas. Ellas no gustan de comer gomas. Pero yo, por terquedad, miedo, o inseguridad. Me reservé dudas. Por eso de ahora en adelante me pondré Raid para salir a estas calles, no vaya a ser que me dejen descalzo en medio del caliente cemento.
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